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Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana
LA DAMA DE LAS CIUDADES CONFEDERADAS DEL VALLE
Juana María Camacho de Caicedo fue una destacada patriota colombiana que desempeñó un papel importante durante la época de la independencia de Colombia. Ella es recordada como una de las mujeres que contribuyeron al esfuerzo colectivo por la independencia de Colombia. Aunque su figura no es tan conocida como la de otros héroes de la independencia, representa el papel crucial que desempeñaron las mujeres en la gesta libertadora.
JUAN RUNNEL: EL CORONEL BRITÁNICO
Juan Runnel fue un mercenario inglés que desempeñó un papel significativo en la independencia de Colombia. Entre 1816 y 1820, lideró una guerrilla en el Valle del Cauca, estableciendo relaciones de confianza con esclavos y castas en la región. Su grupo contribuyó a la victoria patriota en la Batalla de San Juanito en septiembre de 1819. El general realista Sebastián de la Calzada lo describió como "el caudillo de los malvados". Sin embargo, su tendencia a la insubordinación y sus métodos poco convencionales le generaron conflictos con el ejército regular patriota.
LA ESCLAVA QUE LUCHÓ POR LA LIBERTAD
Cuando María Antonia se enteró que el Libertador Simón Bolívar había vencido en el puente cercano de Tunja el 7 de agosto de 1819, decidió inmediatamente unirse al ejército patriota dirigido por el General Joaquín Ricaurte Torrijos y del inglés Juan Runnel. Junto a otras mujeres, María Antonia, ayudaba a cargar las armas, a curar los heridos, cocinar los alimentos y espiar las acciones de los realistas.
El principio del verano en las cercanías del pueblo de Caloto era para salir a pescar en las cañadas que quedaban cerca de la casa, aunque la pesca nunca era abundante. Bárbara notó que siempre estaba en la orilla del frente una niña como ella, pero con la piel oscura y una batea en la mano, en la que recogía la arena, y no entendía por qué lo hacía. A veces reía y otras veces se quedaba triste, triste.
Ignacio no entendía porque su abuelo vivía rodeado de tantos recuerdos, las paredes de su casa se revestían de fragmentos de periódicos muy antiguos, fotografías blanco y negro, cintas de carbón y un gran “tiesto” como lo nombraba doña Josefa, una empleada que se encargaba del orden del hogar; dicho instrumento elaborado con piezas de metal y madera, parecía cobrar vida en las noches de penumbra, cuando la puerta del estudio quedaba entreabierta y el reflejo de la luna caía sobre su armazón.
Sentadas alrededor del fogón mientras la abuela Clelia mezclaba entre sus manos harina para deleitarnos con sus suculentos manjares, dio inicio a una de las tantas historias que heredó de sus antepasados, que rememoran la vida de mi bisabuelo y su protagonismo en la lucha por la libertad de nuestro pueblo.
Hace mucho tiempo, en un lejano rincón del gran Imperio Español en el que el sol brillaba todo el año sin par, se presenció algo de lo más curioso. En ese entonces, la ciudad de Barbacoas era un lugar aislado e indómito, a las orillas del majestuoso río Telembí que corría libremente a besar el Océano Pacífico. En aquél sitio, la luz del sol bañaba todos los días la inmensa selva y la zona había sido ricamente bendecida con minas de oro y gemas.
Hace muchos años, en las lejanas tierras de Santa Bárbara de Iscuandé, un enorme bergantín descansaba sobre las aguas del gigantesco Océano Pacífico, tambaleándose de un lado para otro sometido por la fuerza de las olas y el viento. Ese día no había parado de llover, las aguas oscuras y profundas habían crecido tanto que los mangles no enseñaban sus numerosas raíces, y la playa, que en tiempos de verano se prestaba para descansar, solo era una larga mancha oscura y húmeda.
Pax Ómnibus (la paz sea con todos) fue la última palabra entonada por el padre Francisco de la Villota, en la Capilla de San Francisco a las seis y cincuenta de la tarde, antes que empezaran a sonar los rifles, los estruendos, los gritos de las gentes y las pisadas de los caballos que se sentían cada vez más cerca de la plaza central. Por todo lo que estaba ocurriendo en el sur del país, y por la posición que había tomado Pasto en el proceso de Independencia, era muy probable que la ciudad sufriera en poco tiempo, todo lo que en las misas, novenas y sermones se había pronosticado.
En la mañana del 25 de agosto de 1780, nació Agustín Agualongo en San Juan de Pasto, algunas personas afirmaban tiempo después que el lugar exacto del nacimiento fue el resguardo de Anganoy, ubicado en las faldas del volcán Galeras, Anganoy en lengua quechua traduce “el nido de Buitres”, desde donde se puede divisar el Valle de Atríz en todo su esplendor. Sus padres fueron Manuel de orígenes indígenas y su madre Gregoria Sisneros, al parecer de origen mestizo.
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